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La vida en el Valle de la Fonseca  
  Acerca de este artículo

Uno de los parajes más idílicos de Venta del Moro se encuentra en el Valle de la Fonseca, justamente allí donde el río Cabriel penetra en el término municipal bajo la mirada de los imponentes Cuchillos y con la señal auditiva del silbido de las muchas cabras montesas que trajinan por este paraje. En ese pequeño valle se desarrolló toda una comunidad humana que vivía a ambos márgenes del Cabriel y que llegó a alcanzar en la orilla venturreña hasta sesenta y tres habitantes en 1935. En el término de Venta del Moro quedan sólo parte de las ruinas de lo que fue la aldea de La Fonseca o Casa del Pino, con una bonita ermita dedicada a San Antonio de Padua en estado de semirruina.

Para saber más de cómo era la vida en el Valle de la Fonseca, nos dirigimos una calurosa tarde de julio de 2014 a Minglanilla, concretamentea la calle Azafranares, en la llamada “La Picota”, donde nos espera Crescencia Pérez Roda y su marido Valentín Soriano, el famoso “Tío Balsas”. Nos acompaña Fidel García Berlanga, el gran “Centinela del Cabriel”, que desde su atalaya de la Venta de Contreras conoce a todo el paisanaje cabrielino de la zona, al igual que ya acontecía con su añorado padre.

Entramos en casa y ahí están esperándonos Crescencia y Valentín con su hija María Victoria. La acogida es afectuosísima y enseguida, y sin requerirlo, empiezan a aparecer exquisitas viandas que ya no pararán de desfilar con gran generosidad en toda la larga entrevista (jamón, queso, olivas, papas, vino y cerveza).

Crescencia Pérez recuerda a la perfección su vida en La Fonseca, en una familia que siempre vivió en este paraje. Crescencia nació en 1929 en el barrio de “Las Viudas” que es el último grupo de casas de la orilla de Minglanilla antes de que el Cabriel se adentre en los intrincados y bellísimos meandros de Las Hoces. Crescencia es hija de Andrés Pérez Navarro y Alejandra Roda, ambos también de Las Viudas. La unidad familiar estaba integrada por seis hermanas y un hermano. Vivió en Las Viudas hasta que fue como moza a servir hacia los catorce años a la casa de los Puig en Minglanilla, pero volvió a su casa de La Fonseca cuando tenía unos veinte años. Cuando se casó con Valentín retornó a vivir en Minglanilla y ahí siguen.

Crescencia, con la ayuda de Valentín, recuerda y ubica a todas las familias del Valle de la Fonseca en los años 30 y 40 del siglo XX.

 
 
   

La vida en la Fonseca

   
     
  En la orilla derecha perteneciente a Minglanilla primero nos topábamos con las Casas del Puente (de hierro), junto a los propios Cuchillos, donde vivían el tío Otilio y tía Felicia, familiares de Crescencia. Río abajo se ubicaban las Casas de en Medio donde moraban el tío Félix y Eloísa, Andrés “el Pelirrojo”, Desiderio y Juan Ramón. Las últimas huertas antes de los tollos de la Fonseca estaban las casas de Las Viudas donde vivían Basilio, Servanda, Isidora, Calamares, una sobrina de Miguel Solís (apodada “La señorita”) y la propia familia de Crescencia antes descrita.

En la margen izquierda del Cabriel, término de Venta del Moro, cercano a Los Cuchillos, se encontraba el conglomerado mayor de casas que se denominaba la Casa del Pino o La Fonseca, donde vivían Antonio Requena, Victoriano Pérez, Celso Sierra, Celestino (alcalde pedáneo que vivía en la Central), Valentín y Carmen y el tío Gallo. Río abajo aún se encuentran las casas del tío Chicuelo y su mujer.

Todas las casas y huertos en la orilla derecha eran propiedad de Miguel Solís (farmacéutico de Minglanilla) y en la parte de Venta del Moro de los Gabaldones. Era común en el río que casi todas las casas pertenecieran a unos pocos propietarios y que fueran habitadas por sus colonos. En 1894, en los cincuenta y cinco kilómetros del Cabriel venturreño, se hallaban otras cincuenta y cinco casas que estaban en manos de sólo cuatro propietarios: José Morró Aguilar con tres casas en La Fonseca; Antonio Tendero Serrano con tres casas en La Fonseca y cinco en Los Cárceles; José Enrique Serrano Morales con siete casas en Los Cárceles y José María Martínez de Pisón con diecinueve casas en Santa Bárbara y otras catorce en El Retorno 1.

¿Cómo era la vida en La Fonseca? Crescencia la recuerda agradablemente, aunque no sería fácil. Las familias trabajaban las huertas y pegujales de sus propietarios. Cultivaban tomates, calabazas, cebolla y el preciado azafrán que aún Crescencia guarda en una arca. Además,tenían oliva y cebada. El preciado trigo se cultivaba en bancales más arriba (no en la huerta), ganándole terreno al monte, rompiendo romero y pinos con permiso del amo. 

Cultivaban también en la parte venturreña y pasaban con dos machos la mies por el vado del río para la era de Las Viudas. La aceituna la llevaban al molino de Venta del Moro (unos veintiún kilómetros) para evitar las requisas, subiendo las empinadas cuestas por la Fuente de la Oliva y el Moluengo. Llevaban conjuntamente la aceituna de las Casas del Medio y de Las Viudas, pues en todo el valle sólo había un carro.

Para el riego, una presa tras el puente (aguas abajo) proporcionaba el agua a la parte venturreña. En la orilla de Minglanilla, una rueda con su caz traía el agua del Cabriel a Las Viudas. La noria la arreglaban generalmente los carpinteros de Minglanilla: Carlos González y Valentín Espada. Todos los años se hacía la limpia del caz entre los vecinos. En las Casas de Medio, sin embargo, subían el agua con motor. Por cierto, Valentín y Crescencia aún disfrutan del derecho de captación de aguas del Cabriel tal como les confirmó en su día el propio ministro Corcuera.

Había un horno moruno en la Casa del Pino de carácter comunal y dos hornos morunos más en Las Viudas. Crescencia se extasía cuando recuerda lo bueno que era el pan que ellos mismos cocían, hacían el “desanche” y rememora las canastas llenas de hogazas, pero recuerda también cuánto les costaba producir el trigo y molerlo. Lo molían en Vadocañas en el Molino de la Coba o de los Tontos: “pero que no eran tontos” afirma con contundencia Crescencia.

La familia de Crescencia, para completar la economía familiar, poseía también colmenas, cerdos, gallinas, pavos y corderos. Hacían matanza de cerdo para su conserva tradicional en orza y corderos que se hacían en salón. Crescencia se enorgullece de que su padre era muy honrado y el amo (el citado Miguel Solís) le tenía mucha confianza y les dejaba cultivar más terreno.

Se entristece cuando recuerda una gran riada en los años 30 que fue un desastre para las huertas y llegó a cambiar el lecho del río que se escoró más hacia la parte de Venta del Moro. Sucedido esto, el amo le dio al padre de Crescencia más huertas para llevar en la parte más arriba del río y compensar la pérdida. La familia lloró sin consuelo cuando el indomable Cabriel de la época se les llevó las huertas.

El pescado lo tenían en la propia puerta, pues pescaban sobre todo barbo con ansón de sarga con trigo y, en menor cantidad, trucha. Defauna recuerda las cabras y águilas. Para beber se abastecían del propio Cabriel, gracias a sus límpidas aguas, que también eran aprovechadas para lavar con losas en el caz.

En la Guerra Civil, veían pasar los ganados por la propia Fonseca ya que se desviaban de la vereda para evitar decomisos.

La difícil accesibilidad al valle y su escaso poblamiento complicaban la existencia de servicios públicos. No había escuela, ni maestro público, así que para aprender a leer y escribir recuerda que venía un capitán de la marina que estaba acantonado en Contreras, al que sucedió posteriormente Alfonso Ballesteros “el Gallo”. En la casa de Crescencia, sus tres hermanas sabían leer y escribir, pero ella prefería ir al campo antes que a clase.

El médico nunca pasaba por la zona y cuando la cosa no era grave se acudía a remedios caseros, y así, Crescencia rememora que cuando le dolía el brazo se aplicaba sal, vinagre y alcohol de romero.

Cementerio no había en todo el valle: los de la orilla de Venta del Moro los enterraban en la Venta y los de Minglanilla en Minglanilla. Nadie moría en la aldea, pues cuando estaban enfermos se los llevaban al pueblo.

A pesar de la humildad de los caseríos, en aquella época ya disfrutaban de luz eléctrica, gracias a la central de luz que estaba cerca de la Casa del Pino y que se distribuía hasta el propio Venta del Moro. A Las Viudas les llegaba una luz de muy baja intensidad por medio de un cable raquítico. Por la zona de Los Cuchillos se explotaban también cuatro hornos de cal por una misma familia.

Valentín, que ha sido el gran hachero del Cabriel y conoce el río como su propia palma de la mano, nos describe como era el acceso deMinglanilla hasta el Valle cuando iba a ver a la novia. Cuando el puente de hierro de los Cuchillos perdió sus maderas, antes de realizar los túneles, iban a Contreras cruzando un pontón de palos y ramas estrecho donde cabía una caballería, pero no un carro. Por este pontón se cruzaba de la orilla de Venta del Moro a la de Minglanilla, donde por senda se llegaba hasta Contreras. Valentín, indignado, recuerda como durante unos años un propietario ha impedido el acceso al Valle. Él fue el primero en entrar cuando tras una manifestación la valla se retiró. Hay que recordar que el tío Balsas es un hombre de convicciones bien asentadas, republicano de pura cepa, que sigue luciendo orgulloso la bandera tricolor en su casa.

Rememora Valentín la peligrosa bajada de maderas que hizo hacia 1950 con gancherosviejos en la Hoz de Vicente para sacar la madera en Vadocañas, aprovechando que estaba llano. Habían estado cortando pinos en el cañar de Malabia y debido a la compleja orografía de las Hoces, tal como ya había advertido el tío Balsas, se formó un enorme tapón de maderas con gran peligro para los gancheros. En una maderada, a su paso por la Fonseca, los gancheros le regalaron un gancho a su suegro

Crescencia recuerda también la ermita de San Antonio de Padua, que sigue en pie en el término venturreño aunque en muy mal estado 2. La ermita sólo se abría el 12 de junio por los jóvenes para limpiarla y el 13 de junio para hacerle la misa a San Antonio de Padua por el cura de Venta del Moro. Ese día también se realizaba la procesión del santo en la que se subastaban las andas. Valentín pagó cinco años para que Crescencia llevara las andas. La fiesta era para los habitantes de las dos orillas del Valle y acudían también de Mirasol y Contreras. En la fiesta no faltaba Antonio “el Turrunero” de Utiel y un acordeonista de Vadocañas. Además, se hacían los adornos florales llamados vergeles para San Antonio con trigo y araza y utilizando un cuévano para tapar la luz.

 Otra fiesta que se celebraba era la de la Candelaria. Al atardecer se quemaban matorrales, romeros, monte bajo y se podaban pinos y sabinas, pero nunca se talaban árboles. Después se realizaban hogueras grandes y se rivalizaba entre las orillas: “Esa no vale que es de salvao y la mía de harina”.

 Los domingos eran los días en que los viejos jugaban al truque y las mujeres a la chueca.

Los recuerdos no paran, mientras se sigue sirviendo (e ingiriendo) condumio gracias a la hospitalidad de los anfitriones.

En La Fonseca, la vida se fue apagando poco a poco y los habitantes tuvieron que ir dejando el valle que carecía de las infraestructuras mínimas para disfrutar de una mejor vida. En 1950, en la orilla venturreña ya sólo quedaban veintisiete personas y en la década de los sesenta todos se habían marchado ya. Ahí quedan las casas medio derruidas, las huertas asaltadas por la vegetación ribereña, la belleza de un río límpido y la memoria de los últimos habitantes del Valle. Gracias Valentín y Crescencia (y Fidel).

 

 
 

  Reproducción íntegra del artículo publicado en ventadelmoro.org

 
   © Ignacio Latorre Zacarés (Con el permiso del autor)

1. LATORRE ZACARÉS Ignacio. “Población diseminada en el término de Venta del Moro: 1752-2012”. El Lebrillo Cultural, n. 29, 2012, p. 11-21.

2. Se trata de una bonita ermita policromada junto al río con púlpito exento. Según los últimos datos aportados por Fermín Pardo Pardo esta ermita sería construida hacia 1860, pues no se refleja en la visita pastoral de 1854 y sí en el arreglo parroquial de 1864. PARDO PARDO, Fermín. “El poblamiento del término de Venta del Moro a mediados del siglo XIX”. El Lebrillo Cultural, agosto 2014, n. 31, p. 37-41.

Asociación Cultural Amigos de Venta del Moro

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